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E. V. Debs


Declaración ante el Tribunal Federal




Pronunciado: 18 de setiembre de 1918.
Traduccón al castellano: Juan Fajardo, para marxists.org, 12 febrero 2026.
Esta edición: Marxists Internet Archive, 12 febrero 2026.



 

 

Eugene Debs hizo esta declaración ante el Tribunal Federal de Cleveland, Ohio, el 18 de septiembre de 1918 tras ser condenado por violar la Ley de Sedición, una ley aprobada por el Congreso que criminalizaba “leguaje desleal, profano, injurioso o abusivo” respecto al gobierno, bandera, o los militares estadounidenses. El propósito era silenciar a los socialistas y demás sectores antibélicos en momentos en que los EEUU entraba a la Guerra Mundial. Bajo esta nueva ley, muchos socialistas fueron perseguidos, privados de su libertad de expresión, y encarcelados. Como socialista activo, Debs se preocupó y atacó al capitalismo estadounidense en un esfuerzo por defender los derechos enumerados en la Primera Enmienda a la Constitución (libertad de expresión, asamblea, prensa, y culto). Este discurso fue una defensa de su libertad de expresión y la de demás socialistas.

 

 

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Su Señoría, hace años reconocí mi parentesco con todos los seres vivos y decidí que no era ni un poco mejor que el más bajo de la tierra. Dije entonces, y digo ahora, que mientras haya una clase baja, yo estoy en ella, y mientras haya un elemento criminal, yo soy de ella, y mientras haya un alma en prisión, no soy libre ...

He escuchado todo lo dicho en este tribunal para apoyar y justificar este proceso, pero mi opinión no ha cambiado. Considero la Ley de Espionaje una ley despótica en flagrante conflicto con los principios democráticos y el espíritu de las instituciones libres.

Su Señoría, he declarado ante este tribunal que me opongo al sistema social en el que vivimos; que creo en un cambio fundamental ―pero si es posible por medios pacíficos y ordenados.

Aquí, esta mañana, recuerdo mi infancia. A los catorce años trabajé en un taller ferroviario; a los dieciséis, encendía una locomotora de carga. Recuerdo todas las penurias y privaciones de aquellos primeros días, y desde entonces hasta ahora mi corazón ha estado con la clase trabajadora. Podría haber estado en el Congreso hace mucho. He preferido ir a prisión.

Esta mañana pienso en los hombres de los ingenios y las fábricas; en los hombres de las minas y los ferrocarriles. Pienso en las mujeres que, por un salario miserable, se ven obligadas a trabajar para sobrevivir sus vidas estériles; en los niños pequeños que, en este sistema, son despojados de su infancia y, en sus años tiernos, son atrapados en las implacables garras de Mammón, son forzados a las mazmorras industriales, para alimentar allí a las monstruosas máquinas mientras ellos mismos mueren de hambre y se atrofian en cuerpo y alma. Los veo empequeñecidos y enfermos, y sus pequeñas vidas destrozadas y arruinadas porque, en este apogeo de la civilización cristiana, el dinero sigue siendo mucho más importante que la carne y la sangre de la infancia. En verdad, hoy el oro es dios y gobierna con implacable dominio en los asuntos humanos.

En este país ―el más favorecido bajo los cielos ― tenemos vastas áreas del suelo más rico y fértil, recursos materiales en abundancia inagotable, la maquinaria productiva más maravillosa de la tierra y millones de ansiosos trabajadores listos para aplicar su trabajo a esa maquinaria para producir en abundancia para cada hombre, mujer y niño... y si todavía hay un gran número de nuestra gente que son víctimas de la pobreza y cuyas vidas son una lucha incesante desde la juventud hasta la vejez, hasta que finalmente la muerte llega a su rescate y arrulla a estas desventuradas víctimas en un sueño sin sueños, no es culpa del Todopoderoso: no se puede atribuir a la naturaleza, sino que se debe enteramente al sistema social caduco en el que vivimos, que debe ser abolido no solo en interés de las masas trabajadoras, sino en el interés superior de toda la humanidad.

Creo, Su Señoría, al igual que todos los Socialistas, que esta nación debe poseer y controlar sus propias industrias. Creo, como hacen todos los Socialistas, que todas las cosas que se necesitan y utilizan conjuntamente deben ser de propiedad conjunta; que la industria, la base de nuestra vida social, en lugar de ser propiedad privada de unos pocos y operada para su enriquecimiento, debería sea propiedad común de todos, administrada democráticamente en interés de todos ...

Me opongo a un orden social en el que es posible que un hombre que no hace absolutamente nada útil amase una fortuna de cientos de millones de dólares, mientras que millones de hombres y mujeres que trabajan todos los días de su vida apenas aseguran lo suficiente para una existencia miserable.

Este orden no puede perdurar siempre. He registrado mi protesta contra él. Reconozco la tenuidad de mi esfuerzo, pero, afortunadamente, no estoy solo. Hay múltiples miles que, como yo, se han dado cuenta de que antes de que podamos disfrutar verdaderamente de las bendiciones de la vida civilizada, debemos reorganizar la sociedad sobre una base mutua y cooperativa; y con este fin hemos organizado un gran movimiento económico y político que se extiende por la faz de toda la tierra.

Hoy en día hay más de sesenta millones de Socialistas, fieles y devotos partidarios de esta causa, independientemente de su nacionalidad, raza, credo, color o sexo. Todos están haciendo causa común. Difunden con incansable energía la propaganda del nuevo orden social. Esperan, miran y trabajan esperanzadamente durante todas las horas del día y de la noche. Todavía son minoría. Pero han aprendido a ser pacientes y a esperar el momento oportuno. Sienten ―saben, en verdad― que llegará el tiempo, a pesar de toda oposición, de toda persecución, en que este evangelio emancipador se extenderá entre todos los pueblos, y cuando esta minoría se convertirá en la mayoría triunfante y, al llegar al poder, inaugurará el mayor cambio social y económico de la historia.

En ese día tendremos la comunidad universal ―la cooperación armoniosa de todas las naciones con todas las demás naciones de la tierra ...

Su Señoría, no pido clemencia y no imploro inmunidad alguna. Me doy cuenta de que finalmente el derecho debe prevalecer. Nunca comprendí tan claramente como ahora la gran lucha entre los poderes de la codicia y la explotación por un lado y, por el otro, las nacientes huestes de la libertad industrial y la justicia social.

Puedo ver el amanecer del día mejor para la humanidad. La gente está despertando. A su debido tiempo, deberán y lograrán tomar su lugar.

Cuando el marinero, navegando por mares tropicales, busca alivio a su fatigada guardia, vuelve la mirada hacia la Cruz del Sur, que brilla intensamente sobre el océano tempestuoso. Al acercarse la medianoche, la Cruz del Sur comienza a doblarse, los mundos giratorios cambian de lugar, y con las puntas de los dedos estrellados el Todopoderoso marca el paso del tiempo en la disco del universo, y aunque ninguna campana pueda anunciar la buena nueva, el vigía sabe que la medianoche está pasando y que el alivio y el descanso están cerca. Que la gente de todas partes tenga esperanza, pues la Cruz se dobla, la medianoche está pasando, y la alegría llega con la mañana.

Ahora estoy listo para recibir su sentencia.